El 10 de abril de 1912, el puerto de Cherburgo, en Francia, hervía de expectación. Frente a sus muelles se alzaba la silueta imponente del RMS Titanic, el trasatlántico más grande, lujoso y tecnológicamente avanzado jamás construido por el ser humano. Concebido como el cénit de la ingeniería de la Belle Époque, el barco prometía conectar continentes y desafiar a las propias fuerzas de la naturaleza. Entre la multitud de rostros pálidos y fortunas de la alta sociedad eduardiana que ascendían por sus pasarelas, caminaba un hombre cuya presencia desafiaba el relato que la historia oficial intentaría consolidar durante el siguiente siglo: Joseph Philippe Lemercier Laroche.